El Mimo

Cuando comenzó a hacer sus figuras en torno a la fuente desprovista de agua, el mimo de la plaza Abaroa solía utilizar un gesto o movimiento para cada palabra. Las contorsiones de sus piernas y sus manos, la multitud de expresiones que extraía de sus ojos y sus labios, servían para contar en detalle largas historias: un relato podía durar toda una tarde.  La gente que pasaba se detenía, disfrutaba de un fragmento de la historia y reanudaba al rato la marcha, dejando unos pesos en el sombrero de copa que yacía en el suelo, sobre un saco negro.

El mimo quería que los espectadores no se fueran con el relato a medias. Fue aprendiendo a condensar largas parrafadas en sus gestos, a tornarlos cada vez más abstractos. Ahora, con un leve movimiento de su párpado derecho, es capaz de contar la historia de Shang Li, que fue abandonada por sus padres a la puerta de un templo en las afueras de Shangai, pero que, gracias a los cuidados de los monjes a cargo del templo, creció hasta convertirse en una joven hermosa y muy inteligente, lo cual llevó a la perdición a uno de los monjes, pues éste se enamoró y prefirió quemar el templo a confesárselo –respetaba mucho su juramento religioso–, hecho que produjo un gran sentimiento de culpa en Shang Li, quien, en penitencia, decidió cortarse la lengua, o quizás sospechaba que ése sería su castigo y era mejor anticiparse a él.

La gente que pasa aplaude, discute de manera acalorada los equívocos significados del leve movimiento del párpado derecho, y luego termina coincidiendo en algo: quizás si la historia pudiera contarse de manera aún más condensada, se podría disfrutar mucho más de ella.

El mimo mueve la cabeza de izquierda a derecha –gesto inequívoco, éste sí, de desconsuelo y resignación–, e inmediatamente se pone manos a la obra.     

 

The Mime

When he began his routine beside the dry fountain, the mime of Abaroa Plaza used to use a movement or gesture for each word.  The contortions of his legs and hands, the various expressions of his eyes and lips told long stories in detail: a tale could last all afternoon.  Passersby would pause, enjoy a bit of the story, then amble on, leaving money in the felt hat that sat on the walk on a black jacket.

The mime didn’t want his audience leaving with only half a story.  He’d been learning to squeeze long speeches into gestures, rendering them increasingly abstract.  And now with the flicker of an eyelid he tells the tale of Li Shang, who was abandoned by her parents at the door of a temple outside of Shanghai, but who, thanks to the care of the monks of the temple, grew into a bright, beautiful young woman, which led to the ruin of a particular monk, who fell in love and preferred to burn the temple rather than to confess it—he respected his religious vows very much— such that Li Shang, filled with guilt and regret, resolved to cut out her tongue, suspecting that this would be her punishment, so why not fulfill it. 

The people who have gathered applaud.  They debate with much heat the ambiguous dance of the flickering eyelid and end up agreeing on something: if the tale could be condensed even more in its telling, there’d be more to enjoy. 

The mime moves his head, left to right—an unmistakable sign of despair, resignation—and immediately gets back to the work at hand.


 

Esquinas

Otra vez estoy perdido, pensó.  Ya ni siquiera la sofisticación del laberinto; ahora es suficiente una línea recta.

            –¿Le pasa algo? –la voz lo sacó de la abstracción.  Era un policía.

            –Sí.  Pero no creo que usted pueda ayudarme.

            –Usted ha estado parado en esta esquina por más de una hora.  Quizás lo pueda ayudar.

            –Bueno …  Estoy perdido.

            –Ah …  Si de eso se trata, tiene razón.  No lo puedo ayudar.

            –Le dije.

            –Cada vez resulta más fácil perderse en esta ciudad.  El otro día me quedé parado en medio de una calle.  No sabía adónde estaba yendo.  O si lo sabía, lo había olvidado. Estuve ahí, parado, por más de tres horas.

            –¿En serio…?

            –Sí.  A mi hermana le pasó algo similar.  Debe ser la época del año.

            –No había pensado en esa posibilidad.

            –En algo debe influir.  Supongo.  Lo dejo …  Debo volver al trabajo.  Gusto de conocerlo.

            –Igualmente.

De retorno a la soledad, pensó en las palabras del policía.  Sí, acaso era la época del año.  Una época que duraba doce meses.  Caminó en dirección hacia la plaza principal.  Después de dos cuadras volvió a detenerse, a tres pasos de una esquina.  No había caso: definitivamente, era la época del año.

 

Corners

I’m lost again, he thought.  The maze’s sophistication no longer mattered; a straight line was now sufficient.

Something happen? a voice said, bringing him back from abstraction.  It was a policeman.

Yes.  But I don’t think you can help me. 

You’ve been stuck on this corner an hour or more.  Maybe I can help.

Well . . .  I’m lost.

Ah—if that’s what it’s about, you’re right.  I can’t help you.

I told you.

It’s getting easier and easier to get lost in this city.  The other day I got stuck halfway across a street.  Didn’t know where I was going.  Or if I knew, I forgot.  I was stuck there more than three hours.

Really?

Yes.  Same thing happened to my sister.  It’s just that time of year, I guess.

I hadn’t thought about that.

Something’s got to be causing it.  I don’t know.  It must . . .  I’ve got to get back to work.  Nice to meet you.

Ditto.

Alone again, he thought about what the policeman had said.  Yes, maybe it was that time of the year.  A time lasting twelve months.  He headed toward the central square.  After two blocks he was stuck again, just a few steps from a corner.  It was hopeless: it was definitely that time of year.

Photograph: Jose Maria Cuellar